viernes, 27 de mayo de 2011

¿Adónde irá a parar ESTE MUNDO?

LA BIBLIA predijo hace mucho la actual crisis moral y la describió así: “En los últimos días se presentarán tiempos críticos, difíciles de manejar. Porque los hombres serán amadores de sí mismos, amadores del dinero, [...] desobedientes a los padres, desagradecidos, desleales, sin tener cariño natural, [...] feroces, sin amor del bien, traicioneros, testarudos, hinchados de orgullo, amadores de placeres más bien que amadores de Dios, teniendo una forma de devoción piadosa, pero resultando falsos a su poder” (2 Timoteo 3:1-5).
Tal vez esté de acuerdo en que esta profecía bíblica—aunque escrita hace casi dos mil años— ofrece una descripción exacta del mundo actual. Ahora bien, la profecía empieza con las palabras: “En los últimos días”.¿A qué se refiere esa expresión?

¿“Los últimos días” de qué?

La expresión “los últimos días” se ha vuelto muy común en muchos idiomas. Tan solo en inglés forma parte del título de cientos de libros. Un ejemplo de ello es el libro recienteThe Last Days of Innocence—America at War, 1917-1918(Los últimos días de la inocencia. Estados Unidos en guerra [1917-1918]). El prólogo deja claro que con la expresión “los últimos días”, la publicación se refiere a un período concreto en el que se produjo una grave degradación moral.
“En 1914 —explica el prólogo—, el país cambió más rápidamente que en cualquier otro período de su historia.” Ese año, las naciones se enzarzaron en una guerra de alcance mundial, situación que no se había dado nunca antes. El libro dice: “Se trató de una guerra total, pues el enfrentamiento no fue solo de ejército contra ejército, sino de nación contra nación”. Como veremos, esta guerra se desarrolló en el inicio de lo que la Biblia llama “los últimos días”.
El hecho de que este mundo, antes de llegar a su fin, atravesaría un período llamado “los últimos días” es una enseñanza bíblica. De hecho, las Escrituras dicen que en el pasado ya hubo un mundo que dejó de existir, y explican: “El mundo de aquel tiempo sufrió destrucción cuando fue anegado en agua”. ¿Qué tiempo fue aquel, y cuál fue el mundo que terminó? Se trataba del antiguo “mundo de gente impía” que existía en los días de Noé. De igual modo, el mundo actual va a llegar a su fin. Pero los que sirven a Dios sobrevivirán, como sucedió con Noé y su familia (2 Pedro 2:53:6Génesis 7:21-241 Juan 2:17).
Personas malas ahogándose

Lo que dijo Jesús sobre el fin

También Jesucristo habló de “los días de Noé”, cuando “vino el diluvio y los barrió a todos”. Él comparó la situación anterior al Diluvio —justo antes de que finalizara aquelmundo— con la que existiría durante el período que llamó “la conclusión del sistema de cosas” (Mateo 24:337-39). Otras versiones de la Biblia utilizan la expresión “fin del mundo” o “final de esta época” (Biblia de Jerusalén yReina-Valera, 1977).
Jesús profetizó cómo sería la vida en la Tierra justo antes de que este mundo terminara. Entre otras cosas dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino”. Y así ha sucedido desde 1914, según indican los historiadores. Por eso el prólogo del libro antes mencionado dice que ese año marcó el comienzo de la “guerra total, [...] no [...] de ejército contra ejército, sino de nación contra nación”.
Jesús añadió en su profecía: “Habrá escaseces de alimento y terremotos en un lugar tras otro. Todas estas cosas son principio de dolores de angustia”. A continuación indicó que también se produciría un“aumento del desafuero”, o de la maldad (Mateo 24:7-14). Sin duda hemos presenciado tal aumento en la actualidad. Está claro que la profunda crisis moral de nuestros días cumple la profecía bíblica.
En el pasado hubo un mundo que dejó de existir, y solo sobrevivieron los siervos de Dios
¿Cómo deberíamos comportarnos en esta época tan decadente? Veamos lo que escribió el apóstol Pablo a los cristianos de Roma en cuanto al deterioro moral. Con relación a los “apetitos sexuales vergonzosos” de la gente, explicó: “Sus hembras cambiaron el uso natural de sí mismas a uno que es contrario a la naturaleza; y así mismo hasta los varones dejaron el uso natural de la hembra y se encendieron violentamente en su lascivia unos para con otros, varones con varones, obrando lo que es obsceno” (Romanos 1:26, 27).
Los historiadores dicen que en aquella sociedad del siglo primero, cada vez más degenerada, “las pequeñas comunidades cristianas, con su piedad y su decoro, constituían una constante censura para el mundo pagano ávido de placeres”. Esto debería hacer que nos preguntáramos: “¿Puede decirse lo mismo de mí y de mis amistades? ¿Nos destacamos por nuestra integridad moral en este mundo corrupto?” (1 Pedro 4:3, 4).

La batalla que libramos

La Biblia nos enseña que pese a estar rodeados de tanta inmoralidad, debemos resultar “sin culpa e inocentes, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y aviesa”. Para ello hemos de tener “la palabra de vida asida con fuerza” (Filipenses 2:15, 16). Esta exhortación bíblica muestra cuál es la clave para que no nos contamine la corrupción moral: aferrarnos a las enseñanzas de la Palabra de Dios y reconocer que sus normas morales constituyen el mejor modo de vivir.
“El dios de este sistema de cosas”, Satanás, trata de poner a los seres humanos de su lado (2 Corintios 4:4). La Biblia nos dice que “sigue transformándose en ángel de luz”. Y lo mismo hacen sus “ministros”, es decir, sus servidores, los que actúan como él (2 Corintios 11:14, 15). Estos prometen libertad y placeres a la gente, pero como indican las Escrituras, “ellos mismos [son] esclavos de la corrupción” (2 Pedro 2:19).
Que nadie se deje engañar. Los que no hacen caso de las normas morales divinas pagarán las consecuencias. El salmista bíblico escribió: “La salvación está lejos de los inicuos, porque no han buscado [las] disposiciones reglamentarias [de Dios]” (Salmo 119:155Proverbios 5:22, 23). ¿Estamos convencidos de ello? Si así es, protejamos nuestra mente y corazón de la propaganda que fomenta estilos de vida inmorales.
Ahora bien, muchos piensan que mientras no hagan nada ilegal, todo está bien. Pero eso no es cierto. También debemos seguir la guía moral de nuestro amoroso Padre celestial, que él nos da para protegernos, no para amargarnos la vida. Jehová Dios ‘nos enseña para que nos beneficiemos’. Desea que evitemos las calamidades y disfrutemos de una vida feliz. Como explica la Biblia, servir a Dios “encierra promesa de la vida de ahora” y también “de la que ha de venir”, es decir, “la vida que realmente lo es”: la vida eterna en el nuevo mundo que él ha prometido (Isaías 48:17, 181 Timoteo 4:86:19).
Pareja escuchando a una mujer tocar la guitarra
Comparemos los beneficios de seguir los principios bíblicos con las penalidades que antes o después sobrevienen a los que no los siguen, y veremos que quienes escuchan a Dios y se granjean su favor llevan el mejor modo de vida que existe. De hecho, él promete: “En cuanto al que me escucha, él residirá en seguridad y estará libre del disturbio que se debe al pavor de la calamidad” (Proverbios 1:33).

Una sociedad moralmente recta

La Biblia dice que cuando este mundo pase, “el inicuo ya no será”. También asegura: “Los rectos son los que residirán en la tierra, y los exentos de culpa son los que quedarán en ella” (Salmo 37:10, 11Proverbios 2:20-22). De modo que Dios va a acabar con toda la inmoralidad de este mundo, lo que incluye a las personas que se niegan a seguir Sus sanas enseñanzas. Después de eso, quienes aman al Creador convertirán gradualmente toda la Tierra en un paraíso parecido a aquel en el que Dios puso a nuestros primeros padres (Génesis 2:7-9).
Piense en lo placentero que será vivir en un planeta de belleza paradisíaca y libre de toda corrupción. Entre quienes tendrán ese privilegio estarán los miles de millones de personas que resucitarán. Imagínese la alegría de ver cumplirse estas promesas divinas: “Los justos mismos poseerán la tierra, y residirán para siempre sobre ella”. “[Dios] limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado.” (Salmo 37:29;Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4.)
Ilustración del Paraíso
Cuando este mundo llegue a su fin,
la Tierra se convertirá en un paraíso

Cómo criar hijos responsables

Gerardo:* “Todas las noches teníamos el mismo problema. Miguel, mi hijo de cuatro años, dejaba sus juguetes por toda la casa. Y cuando, antes de acostarlo, yo intentaba hacer que los recogiera, él se negaba y se ponía a gritar como un loco. Me sacaba tanto de quicio que a veces le gritaba, pero así lo único que conseguía era que los dos nos sintiéramos mal. No quería que la hora de dormir fuera una batalla campal, así que al final era yo el que ordenaba todo”.


Emilia: “Recuerdo el día en que mi hija de 13 años, Jenny, llegó a casa frustrada porque no entendía la tarea escolar que tenía que hacer. Estuvo llorando durante una hora. Le recomendé que le pidiera ayuda a la maestra, pero Jenny no se atrevía porque decía que la trataba muy mal. Poco me faltó para salir disparada hacia la escuela y decirle a esa maestra lo que pensaba de ella. ¡Nadie tenía derecho a hacer sufrir así a mi niña!”.



¿SE HA sentido alguna vez como Gerardo y Emilia? Es normal, a la mayoría de los padres les cuesta quedarse de brazos cruzados cuando ven a sus hijos en situaciones como las de arriba. Su reacción inmediata es ayudarlos y protegerlos. Así y todo, pueden aprovechar esas situaciones para enseñar a sus hijos a ser responsables. Por supuesto, la forma de transmitirles esta valiosa lección variará dependiendo de la edad de cada niño.
Madre e hija hablando sobre un problema
Antes que nada, los padres deben entender que no siempre podrán proteger a sus hijos. Con el tiempo, el niño crecerá, dejará el hogar familiar y tendrá que llevar “su propia carga de responsabilidad” (Gálatas 6:5;Génesis 2:24). Por eso, para que ellos sean capaces de valerse por sí mismos, los padres no pueden dejar escapar ninguna oportunidad de enseñarles a ser responsables y maduros. Claro, es más fácil decirlo que hacerlo.
Afortunadamente, los padres pueden aprender mucho de Jesús en este sentido. “Pero él no tuvo hijos”, quizás objete alguien. Es verdad, pero tuvo que preparar a sus discípulos para que pudieran continuar su obra cuando él no estuviera (Mateo 28:19, 20). Su objetivo era parecido al de los padres que quieren educar a sus hijos para que sean adultos responsables. Así pues, veamos qué tres cosas hizo que le permitieron cumplir su objetivo y que también pueden resultar útiles a los padres.

Dar el ejemplo Cuando ya le quedaba poco tiempo en la Tierra, Jesús les dijo a sus discípulos: “Yo les he puesto el modelo, que, así como yo hice con ustedes, ustedes también deben hacerlo” (Juan 13:15). Los padres también pueden enseñar a sus hijos a ser responsables dándoles el ejemplo.
Piensen: “¿En qué términos hablo de mis obligaciones? ¿Soy positivo? ¿Expreso cuánta satisfacción me produce hacer las cosas bien aunque suponga trabajar duro? ¿O , por el contrario, siempre estoy quejándome de lo fácil que parecen tenerlo otros en comparación?”.
Desde luego, nadie es perfecto, y todos nos sentimos sobrecargados en algunas ocasiones. Pero no olviden que, para enseñar a los hijos a ser responsables, lo mejor es predicar con el ejemplo.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Si es posible, llévese a su hijo de vez en cuando al trabajo para que vea cómo se gana el sustento de la familia. Vaya con su hijo a hacer algún trabajo voluntario y, luego, comente con él la alegría que le produce haberlo hecho (Hechos 20:35).

Tener expectativas razonables Jesús sabía que sus discípulos no podrían asumir de la noche a la mañana todas las responsabilidades que él esperaba de ellos. En una ocasión les dijo: “Tengo muchas cosas que decirles todavía, pero no las pueden soportar ahora” (Juan 16:12). Por eso, antes de encargarles una responsabilidad determinada, dedicó suficiente tiempo a capacitarlos. Y solo cuando consideró que estaban preparados, los dejó por su cuenta.

Asimismo, los padres razonables tampoco esperan que sus hijos hagan cosas para las que no están listos. Con todo, los hijos pueden ir asumiendo mayores responsabilidades a medida que van creciendo. Poco a poco, los padres pueden enseñarles a cuidar su higiene personal, ordenar su habitación, ser puntuales y administrar bien el dinero. También deben enseñarles que las tareas escolares son una responsabilidad que ellos deben atender.

Sin embargo, no basta con que los padres les indiquen sus obligaciones. Además, tienen que ayudarles a cumplir con ellas. Gerardo, a quien mencionamos al principio, se dio cuenta de que, en parte, su hijo se negaba a ordenar las cosas porque le parecía una tarea abrumadora. “Así que en vez de gritarle que recogiera sus juguetes —explicaGerardo—, le enseñé un sistema para hacerlo.”

¿Qué fue lo que hizo? “Primero le fijé una hora a la que debía empezar a juntar los juguetes todas las noches. Luego me puse a ordenar con él las diferentes partes de la habitación, una por una. En poco tiempo se convirtió en un juego: hasta competíamos para ver quién terminaba antes. Era parte de la rutina para ir a dormir. Si Miguel terminaba rápido, lo premiaba leyéndole una historia extra antes de apagar la luz, pero si se tardaba mucho, él sabía que íbamos a leer menos.”

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Piense en qué tareas de la casa podrían colaborar los niños. ¿Hay cosas que todavía está haciendo usted, pero que ya podrían llevar a cabo ellos? En tal caso, póngase a hacerlas con sus hijos hasta que aprendan y puedan realizarlas solos. Déjeles claro que, dependiendo de cómo cumplan con esas tareas, habrá un premio o se les impondrá un castigo. Y, luego, sea consecuente con lo que dijo.

Dar instrucciones específicas La mejor manera de aprender a hacer algo es con la práctica, y Jesús, como buen maestro que era, lo sabía. Por eso, cuando se dio cuenta de que sus discípulos ya estaban listos, los mandó “de dos en dos delante de sí a toda ciudad y lugar adonde él mismo iba a ir” (Lucas 10:1). Pero no se limitó a enviarlos y dejar que se las arreglaran como pudieran; antes les dio instrucciones muy específicas (Lucas 10:2-12). Y cuando ellos regresaron felices por el éxito que habían tenido, Jesús los felicitó (Lucas 10:17-24). Les demostró que confiaba en ellos y que estaba contento con lo que habían hecho.
Y usted, ¿cómo reacciona cuando sus hijos se ven ante algún desafío? ¿Deja que se enfrenten a lo que les asusta, o los protege intentando evitarles cualquier fracaso que los desanime? Tal vez su reacción más inmediata sea querer “salvarlos” y, por eso, usted mismo asume la tarea.
Pero piénselo por unos instantes. Si cada vez que ellos se encuentran con un obstáculo, usted va corriendo a salvarlos, ¿qué mensaje les está dando? ¿Que confía en que sabrán resolver el problema? ¿O que todavía los ve como niños indefensos que dependen de usted para todo?
Muchacha hablando con una maestra
Retomemos el caso de Emilia. ¿Qué hizo cuando vio que su hija no se atrevía a abordar a la maestra? No intervino, pues se dio cuenta de que sería mejor que fuera la propia Jenny quien hablara con ella. Pero antes se sentaron y decidieron juntas qué preguntas le haría Jenny a la profesora y cuál sería el mejor momento para abordarla. Incluso practicaron la conversación. ¿Cuál fue el resultado? Emilia dice: “Jenny reunió el valor para dirigirse a su maestra, y esta la felicitó por haberlo hecho. Mi hija estaba orgullosa de sí misma, y yo de ella”.

¿POR QUÉ NO INTENTA ESTO? Anote en un papel un problema que tenga su hijo actualmente. Al lado escriba cómo puede ayudarlo para que él mismo lo resuelva. Practiquen los pasos que tiene que dar. Hágale saber que confía en que puede lograrlo.
Si cada vez que los hijos se encuentran con un problema, sus padres lo resuelven por ellos, no les están haciendo ningún favor. En realidad, están entorpeciendo el desarrollo de su personalidad. Es mucho mejor enseñarles a aceptar sus responsabilidades y así convertirse en personas maduras. Sin duda alguna, este será un valioso aprendizaje para la vida.

PREGUNTAS PARA PENSAR

  • ¿Son realistas las expectativas que tengo de mis hijos?
  • ¿Les digo —y les demuestro—cómo se hacen las cosas?
  • ¿Cuándo fue la última vez que felicité o animé a mi hijo?

*  Se han cambiado los nombres.

Cómo estar seguros de que Dios se interesa por nosotros

 ¿Es Dios el culpable 
de nuestros problemas?


CUANDO la hija adulta de Marisa sufrió una grave lesión cerebral, esta madre hizo lo que hubiéramos hecho muchos: pidió ayuda a Dios.* “No recordaba haberme sentido nunca tan impotente y sola”, dice ella. Más tarde, el estado de su hija se agravó, y Marisa empezó a dudar de Dios. Se preguntaba: “¿Por qué ocurre esto?”. No comprendía cómo un Dios amoroso y comprensivo podía abandonarla.


La experiencia de Marisa es bastante común. Muchísimas personas de todo el mundo se han sentido abandonadas por Dios en tiempos de necesidad. “Todavía sigo preguntándome por qué permite Dios que sucedan cosas malas —dice Lisa, tras el asesinato de su nieto—. No es que haya perdido por completo la fe en Dios, pero ya no tengo tanta.” De igual modo, después de sufrir una tragedia sin sentido que afectó a su hijo pequeño, una madre comentó: “Dios no me proporcionó ningún consuelo en aquella situación. No ha dado ninguna muestra de interés ni de compasión por mí”. Agregó: “Nunca lo perdonaré”.

Otras personas se resienten con Dios al observar el mundo que las rodea. Ven países azotados por la pobreza y el hambre, refugiados de guerra sin esperanza, un número incalculable de huérfanos cuyos padres han muerto de sida, y millones de personas aquejadas de diversas enfermedades. Cuando suceden tales tragedias y otras parecidas, muchos culpan a Dios por su aparente apatía.

Sin embargo, la realidad es que Dios no es el culpable de los problemas que plagan a la humanidad. De hecho, hay razones de peso para creer que él pronto reparará el daño causado a la familia humana. Lo invitamos a leer elsiguiente artículo para comprobar que Dios de veras se interesa por nosotros.

Cuando el apóstol Pablo habló de “la imposición de las manos” en su carta a los Hebreos, ¿se refería al nombramiento de ancianos, o a algo más? (Heb. 6:2.)

No hay razón para ser dogmáticos, pero es probable que se refiriera a la imposición de las manos para transmitir dones del espíritu.

Es cierto que la Biblia contiene ejemplos de ocasiones en las que se impusieron las manos para hacer nombramientos teocráticos. Moisés “pu[so] su mano sobre” Josué cuando lo nombró para ser su sucesor (Deu. 34:9). También se nombró a hombres capacitados de la congregación cristiana mediante la imposición de las manos (Hech. 6:6; 1 Tim. 4:14). Y a esto mismo se refería Pablo cuando aconsejó a Timoteo que no impusiera las manos apresuradamente a ningún hombre (1 Tim. 5:22).

Sin embargo, en su carta a los Hebreos, Pablo estaba animando a estos cristianos a “pas[ar] adelante a la madurez”, ya que habían dejado “la doctrina primaria”. A continuación habló del “arrepentimiento de obras muertas, y fe para con Dios, la enseñanza acerca de bautismos y la imposición de las manos” (Heb. 6:1, 2). ¿Era el nombramiento de ancianos una simple cosa primaria que los cristianos debían dejar a fin de pasar adelante a la madurez? No. Ser anciano de congregación es una meta que alcanzan los hombres que ya son maduros, y es un privilegio que debe valorarse siempre (1 Tim. 3:1).

Pero no solo se imponían las manos para efectuar nombramientos teocráticos. En el siglo primero, Jehová rechazó al Israel natural como pueblo suyo y lo sustituyó con el Israel espiritual, la congregación de cristianos ungidos (Mat. 21:43; Hech. 15:14; Gál. 6:16). Los dones milagrosos del espíritu —como hablar en lenguas— fueron prueba de dicho cambio (1 Cor. 12:4-11). Por ejemplo, en el momento en que Cornelio y los de su casa se hicieron creyentes, recibieron el espíritu santo, el cual se manifestó cuando “hablar[on] en lenguas” (Hech. 10:44-46).

A veces los dones milagrosos se transmitían mediante la imposición de las manos. Cuando Felipe predicó las buenas nuevas en Samaria, muchos se bautizaron. Entonces el cuerpo gobernante envió a Samaria a los apóstoles Pedro y Juan. ¿Con qué fin? Leemos: “[Pedro y Juan] se pusieron a imponerles las manos [a los recién bautizados], y ellos empezaron a recibir espíritu santo”. Seguramente esto quiso decir que recibieron los dones del espíritu, habilidades que todos podían ver. Lo sabemos porque Simón, que antes practicaba magia, contempló allí mismo el poder del espíritu santo en acción y ávidamente trató de comprar la habilidad de imponer las manos a otros para impartirles dicho espíritu a fin de que realizaran milagros (Hech. 8:5-20).

Más tarde se bautizaron doce discípulos en Éfeso. El relato dice: “Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el espíritu santo, y empezaron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hech. 19:1-7; compárese con 2 Timoteo 1:6).

Por lo tanto, parece ser que en Hebreos 6:2, Pablo se refería a la imposición de las manos para transmitir dones del espíritu a los nuevos creyentes.

¿Se refiere Hebreos 11:26 a que Moisés fuera el “Cristo”, o a que era un tipo de Jesucristo?

Al hablar de la fe de Moisés, el apóstol Pablo escribió que “estimaba el vituperio del Cristo como riqueza más grande que los tesoros de Egipto; porque miraba atentamente hacia el pago del galardón”. (Hebreos 11:26.) Parece ser que Pablo se refirió a Moisés como el “Cristo”, o ungido, en un sentido determinado.

Hay que reconocer que en varios aspectos Moisés fue un modelo del Mesías venidero. Aunque fue profeta, predijo que vendría un profeta mayor ‘semejante a él’. Muchos judíos opinaban que Jesús era “El Profeta”, opinión que confirmaron sus seguidores. (Deuteronomio 18:15-19; Juan 1:21; 5:46; 6:14; 7:40; Hechos 3:22, 23; 7:37.) Moisés fue también el mediador del pacto de la Ley, pero Jesús recibió “un servicio público más admirable” al ser “el mediador de un pacto correspondientemente mejor”, el nuevo pacto glorioso. (Hebreos 8:6; 9:15; 12:24; Gálatas 3:19; 1 Timoteo 2:5.) Así pues, podía decirse que en algunos aspectos Moisés fue un tipo del Mesías que había de venir.

Sin embargo, parece que ese no es el sentido principal de Hebreos 11:26. No hay ninguna indicación de que Moisés conociera detalles respecto al Mesías y estimara conscientemente que todo lo que él pasó en Egipto fuera en representación del Mesías.

Se ha dicho que las palabras de Pablo en Hebreos 11:26 tuvieron un sentido parecido al comentario de que los cristianos aguantaban “sufrimientos por el Cristo”. (2 Corintios 1:5.) Los cristianos ungidos sabían que Jesucristo había sufrido y que si ‘sufrían juntamente serían glorificados juntamente’ en el cielo. Pero Moisés no sabía lo que iba a sufrir el Mesías venidero, ni tenía la esperanza celestial. (Romanos 8:17; Colosenses 1:24.)

Hay una forma más sencilla de entender cómo Moisés ‘estimó el vituperio del Cristo como riqueza’.
Cuando Pablo escribió el “Cristo” en Hebreos 11:26, empleó la palabra griega Kjri·stóu, que es el equivalente del vocablo hebreo Ma·schí·aj, o Mesías. Tanto “Mesías” como “Cristo” significan “ungido”. Así que Pablo escribió que Moisés ‘estimó el vituperio del ungido’. ¿Podía llamarse “ungido” a Moisés?
Sí. En tiempos bíblicos podía asignarse a una persona a un puesto especial derramando aceite sobre su cabeza. “Samuel entonces tomó el frasco de aceite y lo derramó sobre la cabeza [de Saúl].” “Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió [a David] en medio de sus hermanos. Y el espíritu de Jehová empezó a entrar en operación sobre David.” (1 Samuel 10:1; 16:13; compárese con Éxodo 30:25, 30; Levítico 8:12; 2 Samuel 22:51; Salmo 133:2.) Pero se dice de algunos hombres, tales como el profeta Eliseo y el rey sirio Hazael, que fueron “ungidos” aun cuando no hay prueba de que se derramara sobre ellos aceite literal. (1 Reyes 19:15, 16; Salmo 105:14, 15; Isaías 45:1.) Por lo tanto, un individuo podía ser “ungido” siendo seleccionado o comisionado de forma especial.

En este sentido Moisés fue el ungido de Dios, y algunas Biblias incluso usan la palabra “ungido” en Hebreos 11:26. Moisés recibió la comisión de ser representante de Jehová y sacar a Israel de Egipto. (Éxodo 3:2-12, 15-17.) Aunque se había criado entre la riqueza y gloria de Egipto, valoró mucho más su comisión, que aceptó y llevó a cabo. Por consiguiente, Pablo pudo escribir que Moisés “estimaba el vituperio del Cristo como riqueza más grande que los tesoros de Egipto”.

¿Qué significa el comentario de Hebreos 12:4: “Ustedes todavía no han resistido hasta la sangre”?

La expresión “resistido hasta la sangre” da a entender que uno llega al extremo de morir, que derrama literalmente su sangre.

El apóstol Pablo sabía que algunos cristianos hebreos ya habían ‘aguantado una gran contienda bajo sufrimientos’ por causa de su fe (Hebreos 10:32, 33). Al señalar esta verdad, parece ser que Pablo empleó la metáfora de una pelea en una competencia atlética griega, que podía constar de carreras, luchas, combates de boxeo y lanzamientos de disco y jabalina. Por consiguiente, en Hebreos 12:1 exhortó de este modo a sus compañeros cristianos: “Quitémonos nosotros también todo peso, y el pecado que fácilmente nos enreda, y corramos con aguante la carrera que está puesta delante de nosotros”.

Tres versículos más adelante —en Hebreos 12:4—, Pablo tal vez cambió de imagen y pasó de hablar de una carrera pedestre a un combate de boxeo (alude a ambas actividades en 1 Corintios 9:26). A los pugilistas de tiempos antiguos se les envolvían los puños y las muñecas con tiras de cuero, a las que quizá se añadían “pedazos de plomo, hierro u otro metal que abrían heridas graves en los contrincantes”. Dichos combates brutales les causaban hemorragias y, a veces, hasta la muerte.

En cualquier caso, los cristianos hebreos tenían suficientes ejemplos de siervos fieles de Dios que habían sufrido persecución y trato cruel, incluso hasta el punto de morir, “hasta la sangre”. Fijémonos en el contexto en el que Pablo destacó lo que habían experimentado los fieles de la antigüedad:
“Fueron apedreados, fueron probados, fueron aserrados en pedazos, murieron degollados a espada, anduvieron de acá para allá en pieles de oveja, en pieles de cabra, hallándose en necesidad, en tribulación, bajo maltratamiento.” Luego, Pablo centró la atención en el Perfeccionador de nuestra fe, Jesús, al decir: “Aguantó un madero de tormento, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 11:37; 12:2).

En efecto, muchos habían “resistido hasta la sangre”, es decir, hasta el punto de morir. Aguantaron más que una lucha interna contra el pecado de la falta de fe. Fueron leales a pesar del trato cruel externo que recibieron y permanecieron fieles hasta la muerte.

Los nuevos miembros de la congregación de Jerusalén, que tal vez se habían hecho cristianos después de calmarse la implacable persecución del pasado, nunca habían afrontado pruebas tan severas como esas (Hechos 7:54-60; 12:1, 2; Hebreos 13:7). No obstante, había pruebas menos intensas que estaban logrando que algunos de ellos desistieran de continuar llevando a cabo la contienda; se estaban ‘cansando y desfalleciendo en sus almas’ (Hebreos 12:3). Tenían que progresar hacia la madurez, lo cual los fortalecería para aguantar cualquier situación que se presentara, incluso si implicara sufrir maltrato físico hasta el punto de derramar su sangre y morir (Hebreos 6:1; 12:7-11).

Muchos cristianos de la actualidad han “resistido hasta la sangre”, han sido ejecutados por no transigir respecto a su fe cristiana. En vez de atemorizarnos a causa de las palabras de Pablo en Hebreos 12:4, podemos aceptarlas como un indicador de hasta dónde estamos resueltos a llegar para mantenernos leales a Dios. Más adelante, en la misma carta a los Hebreos, Pablo escribió: “Continuemos teniendo bondad inmerecida, por la cual podamos rendir a Dios servicio sagrado de manera acepta, con temor piadoso y reverencia” (Hebreos 12:28)

¿Qué quiso decir el discípulo Santiago cuando recomendó: “No muchos de ustedes deberían hacerse maestros, hermanos míos, sabiendo que recibiremos juicio más severo”? (Santiago 3:1.)

Huelga decir que Santiago no estaba desanimando a los cristianos de enseñar la verdad a otras personas. En Mateo 28:19, 20, Jesús ordenó a sus seguidores: “Hagan discípulos de gente de todas las naciones, [...] enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado”. Por lo tanto, todos los seguidores de Cristo deben ser maestros. El apóstol Pablo amonestó a los cristianos hebreos porque no habían llegado a serlo. Les escribió: “Aunque deberían ser maestros en vista del tiempo, de nuevo necesitan que alguien les enseñe desde el principio las cosas elementales de las sagradas declaraciones formales de Dios”. (Hebreos 5:12.)

¿De quiénes estaba hablando entonces Santiago? De los que tienen privilegios especiales de enseñanza en la congregación. En Efesios 4:11 leemos: “Y [Jesucristo, el cabeza de la congregación,] dio algunos como apóstoles, algunos como profetas, algunos como evangelizadores, algunos como pastores y maestros”. En las congregaciones actuales, como en las del siglo primero, hay puestos especiales de enseñanza. Por ejemplo, el Cuerpo Gobernante, que representa al “esclavo fiel y discreto”, tiene la responsabilidad especial de supervisar la enseñanza que se imparte en las congregaciones de todo el mundo. (Mateo 24:45.) Los superintendentes viajantes y los ancianos de congregación también tienen responsabilidades especiales de enseñanza.

¿Estaba diciendo Santiago a los cristianos con las debidas cualidades que no aceptaran el papel de maestros por temor a recibir un juicio más severo de parte de Dios? De ninguna manera. La función de anciano es un gran privilegio, como se indica en 1 Timoteo 3:1, que dice: “Si algún hombre está procurando alcanzar un puesto de superintendente, desea una obra excelente”. Uno de los requisitos para que un hombre sea nombrado anciano es que esté “capacitado para enseñar”. (1 Timoteo 3:2.) Santiago no contradijo las palabras inspiradas de Pablo.

Pero parece que en el siglo primero algunos se estaban erigiendo en maestros sin satisfacer los requisitos ni ser nombrados para ello. Probablemente pensaban que era un cargo prestigioso y anhelaban gloria para sí mismos. (Compárese con Marcos 12:38-40; 1 Timoteo 5:17.) El apóstol Juan mencionó a Diótrefes, a quien ‘le gustaba tener el primer lugar y no recibía nada de él con respeto’. (3 Juan 9.) En 1 Timoteo 1:7 se habla de algunos hombres que ‘querían ser maestros de ley, pero no percibían ni las cosas que decían ni las cosas acerca de las cuales hacían vigorosas afirmaciones’. Las palabras de Santiago 3:1 son muy apropiadas para los hombres que anhelan ser maestros, pero tienen motivos impropios. Tales hombres podrían dañar gravemente al rebaño y, en consecuencia, recibir un juicio más severo. (Romanos 2:17-21; 14:12.)

Santiago 3:1 constituye, además, un buen recordatorio para aquellos que satisfacen los requisitos y sirven de maestros. Puesto que se les ha encomendado mucho, mucho se les exigirá. (Lucas 12:48.) Jesús dijo: “De todo dicho ocioso que hablen los hombres rendirán cuenta en el Día del Juicio”. (Mateo 12:36.) Lo que dijo es particularmente cierto en el caso de aquellos cuyas palabras tienen más peso: los ancianos nombrados.
Los ancianos rendirán cuenta de su trato a las ovejas de Jehová. (Hebreos 13:17.) Sus palabras repercuten en la vida de los demás. Por consiguiente, el que es anciano ha de cuidarse de expresar sus opiniones y de maltratar a las ovejas, como hacían los fariseos. Debe esforzarse por mostrar el amor profundo que manifestó Jesús. Siempre que enseñe, y sobre todo cuando atienda asuntos judiciales, tiene que medir sus palabras, y no debe hablar con ligereza ni expresar meras ideas personales. Si se apoya firmemente en Jehová, en su Palabra y en las directrices de Su organización, el pastor recibirá abundantes bendiciones divinas en vez de “un juicio más severo”.